Escondido entre las altas montañas de los Alpes, se encuentra el castillo de Neuschwanstein. Tan sólo la mera idea de colocar un castillo en esa zona, merece toda mi admiración, pero si dicho castillo es de la belleza del que nos ocupa, si se trata del edificio más fotografiado de Alemania y si es el castillo en el que el mismo Walt Disney se inspiró cuando creó sus parques de atracciones Disneyland y Disneyworld, entonces bien merece la pena escribir unas líneas sobre ello.
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Fotografía Daniel Klein
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El castillo de Neuschwanstein se construyó en una época en que los castillos y las fortalezas ya no eran necesarios desde el punto de vista estratégico. Fue, por tanto, un divertimento visual, una pura fantasía romántica, una composición de torres y muros que pretendía armonizarse con las montañas y los lagos. Militarmente hablando, el castillo no sería una buena fortaleza frente a un ataque de enemigos. pero visualmente es una fortaleza espléndidamente bella. Capricho excesivo para algunos, homenaje a la imaginación para otros, combina eclécticamente varios estilos arquitectónicos y su interior alberga múltiples piezas de artesanía no menos fantásticas. Su diseño no es funcional, sino estético, siendo en buena medida el producto de la mente de un escenógrafo teatral. Con esta declaración de intenciones, mandó construir por Luis II de Baviera, esta colosal mole de piedra, la cual sumió a la comarca en una tremenda crisis económica de la que tardaría años en salir. Tal fue el dispendio económico demandado para su construcción, que tan pronto como el rey falleció, se ordenaron detener inmediatamente todas las obras a fin de intentar salvar a la región de una bancarota segura. Por ese motivo, más del 50% del interior del castillo está impracticable para las visitas y muy probablemente nunca será finalizado.
Toda la concepción de este castillo está basado en leyendas, historias y cuentos que el monarca escuchó durante su infancia y con las que creció. Era, por tanto, la construcción de un edificio que tangibilizase sus sueños y deseos. Por dentro, además de continuas referencias a leyendas y personajes medievales como Tristán e Isolda o Fernando el Católico, se creó una extensa red de pasadizos secretos y bibliotecas exclusivas, a las que sólo el rey podía entrar puesto que sólo él tenía llave.
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Fotografía Daniel Klein
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Pero no es esa la única sorpresa que el castillo presenta a sus visitantes. Dentro, también se podrá contemplar una de las primeras redes de luz eléctrica que existieron, el primer teléfono móvil de la historia (con una cobertura de seis metros), una cocina que aprovechaba el calor siguiendo reglas elaboradas por Leonardo da Vinci y vistas a los paisajes a los Alpes, incluyendo una cascada artificial que el monarca podía contemplar desde su habitación.
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Fotografía Daniel Klein
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Y es que este castillo fue siempre una ensoñación para su creador. Tal fue la obsesión que sintió por el castillo, que Luis II dejó la capital, Múnich, y se instaló permanentemente en el castillo en 1884 para supervisar su construcción. Ignoró las amenazas por parte de la banca extranjera de embargar sus propiedades y las de su pueblo, y prosiguió con su construcción, añadiendo cada vez más ornamentos, más oro y aumentando considerablemente los gastos asociados a la obra. A medida que la obra progresaba, la bancarrota se veía como más cercana y Luis II decidió comenzar a mermar los presupuestos de otras áreas sociales y de defensa con tal de que su obra no sufriese más retrasos. Tal fue la alarma creada ante sus contables, sus consejeros y sus generales, que en 1886 se creó una comisión psiquiátrica médica que tenía como misión constatar si realmente el monarca se encontraba en su sano juicio. Evidentemente, fue incapacitado al poco tiempo y recluido a vivir en su castillo. las obras no se paralizaron, pero si el presupuesto asignado, intentando acabar, como fuese la obra que tanto obsesionaba al rey. Una prueba de su locura es que si bien la pérdida del poder no le provocó mayor disgusto, la reducción del presupuesto sumió a Luis II en una profunda depresión. A partir de ahí, comenzó una vida recogida y de ermitaño que concluyó con su muerte en el lago de Stanberg en Munich, donde se ahogó en extrañas circunstancias.
Tal era la deuda acumulada hasta ese momento, que los descendientes de Luis II vendieron el castillo al gobierno bávaro a fin de intentar cubrir los pagos más inminentes. Y para el estado alemán, fue un negocio redondo: la cantidad por la que fue vendido equivale a los ingresos anuales actuales que el castillo obtiene de los turistas que acuden a visitarlo.
Actualmente, el castillo es propiedad del Estado de Baviera, y en 2007 participó en la elección de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo, quedando en octavo lugar. Cuando yo comenté este hecho con algunos lugareños del sitio me dijeron aliviados con una sonrisa: “gracias a Dios que no quedamos entre los siete primeros. No caben más turistas”.



Fotografía de 


