Hay veces en las que aquellos que realizan viajes en realidad emprenden una búsqueda más orientada a las historias y las sensaciones. Se busca en el exterior lo que no tenemos en nuestro día a día y repudiamos encontrar de lo que nos sobra aquí. Es por eso, que desde hace siglos, aquellos que visitan el Taj Mahal son proclives a ser carne de cañón de los falsos mitos que los pillos guías saben contarnos tras intercambiar dos frases y haber detectado qué esperamos que nos cuenten. Es como una especie de sesión psicológica a los pies de un monumento mítico. Sin embargo, muchos otros buscan dejarse impresionar por lo colosal de los edificios, testigos mudos de ese afán de superación que siempre ha tenido el hombre para adaptar el entorno a sus necesidades … y hacerlo más bello. Quienes acudan a una visita al Taj Mahal, tendrán argumentos de sobra para quedar maravillados, sin necesidad de edulcorantes míticos inventados a la sombra de una buena visita guiada.
Acceder a todo el complejo monumental del Taj Mahal es adentrarse en un espacio donde todo está construido y coordinado para el disfrute de los sentidos. Aquellos que lo idearon en su día, sin duda tuvieron presente que el ser humano disfruta con la vista, pero potencia con el resto de sus sentidos. Y seguramente gustarían mucho de las obras teatrales, puesto que el diseño está concebido como una gran película de Bollywood: la tumba queda majestuosamente ubicada en el centro de toda la escena, protagonizando la escena de amor y siendo la más bella de la escena y el resto de edificios, tienen reservado el secundario papel de acompañar la escena, al son que marca el guión.

Fotografía © Daniel Klein.
La tumba de la reina Mumtaz Mahal está realizada en marmol blanco y fue diseñada atendiendo a los principios más refinados de la geometría. Aquellos que la diseñaban hicieron que los minaretes quedasen conscientemente torcidos para que todo edificio diese la sensación de estar rectos se mirasen desde el ángulo que se mirasen y fuera la distancia que fuera. Y partiendo de esos sofisticados conocimientos de geometría, se ideó todo el complejo. Con su eje principal perpendicular a la ribera del Yamuna, todo el complejo está constituido varios elementos arquitectónicos diseñados en armonía, encontrándose un gran portón principal, varias tumbas secundarias, extensos patios externos, los cuales circundan un patio-explanada principal, un fuerte donde la guardia real residía, una mezquita y el propio mausoleo. Adicionalmente, quien pudiese elevarse unas decenas de metros por encima del suelo, advertiría cómo los amplios jardines divididos en cuadros se organizan mediante la cruz formada por los canales. Pero las simetrías no alcanzan sólo al ámbito de la arquitectura de los edificios. Todo el complejo está regado por numerosos canales de agua cuya única función es la de generar reflejos de los edificios y aportar nuevas simetrías y sorpresas a los visitantes.
Dentro de los jardines, se respira la esencia del famoso hahar bagh, algo así como una especie de Feng-shui persa que fue introducido en la India por el emperador mogol Babur. En pocas palabras, se podría decir que el hahar bagh trata de encontrar la paz del espíritu a través de lograr la máxima belleza en los jardines y aspira a recrear aquí en la tierra los jardines que (seguramente) existen en el paraíso. La mayoría de estos jardines mogoles son de forma rectangular, con un pabellón central. El Taj Mahal es inusual en este sentido, ya que sitúa al edificio principal, el mausoleo, en uno de los extremos. Pero el reciente descubrimiento de la existencia del “Mahtab bagh” (Jardín de la luna) en la ribera opuesta del río Yamuna permite una interpretación distinta, incorporando el cauce al diseño global de forma tal que se convirtiera en uno de los ríos del paraíso. De este modo, convierte al río (la vida) en el protagonista de la escena, flanqueado por los dos mausoleos.
En los extremos laterales del complejo se levantan dos grandes edificios a los lados del mausoleo, paralelos a los muros este y oeste. Ambos son fiel reflejo uno de otro. El edificio occidental es una mezquita y su opuesto es el jawab, cuyo sentido original era balancear la composición arquitectónica y, ya de paso, ser usado como hostal o casa de invitados. Las diferencias consisten en que el jawab no tiene minarete, y sus pisos presentan diseños geométricos, mientras que los de la mezquita están decorados con un diseño en mármol negro que marca la posición de la alfombrillas para el rezo de 569 fieles que en ella cabía. Hay que decir que esta mezquita sigue siendo un templo activo y bastante usado por la comunidad musulmana, la cual suele usar como excusa sus rezos de cara a evitar pagar entrada. El diseño básico de la mezquita es similar a otras construidas para Shah Jahan, especialmente su mezquita Jama Masjid en Delhi, que consiste en una gran sala rematada por tres cúpulas. Las mezquitas mogoles de esta época dividen el santuario en tres áreas, un sector principal con dos alas laterales.
Fotografía © Daniel Klein.
No obstante, toda esta belleza es secundaria, adyacente. La verdadera joya es el edificio central del mausoleo. La tumba descansa sobre un pedestal cuadrado. El edificio consiste en una gran superficie dividida en multitud de salas, de las cuales la central alberga el cenotafio de Sha Jahan y Muntaz. Actualmente las tumbas reales se encuentran en un nivel inferior. La cúpula de mármol blanco sobre el mausoleo es a simple vista lo más espectacular del conjunto. Su altura es casi igual al basamento, alrededor de 35 metros, dimensión que se acentúa por estar apoyada en un tambor circular de 7 metros de alto. Quien la presencie, podrá ver, maravillado, que la cúpula es del tipo “cebolla” , nombre que se origina en la descripción de su forma. Los árabes llaman a esta tipología de cúpula “amrud”, es decir, con forma de manzana. El tercio superior de la cúpula está decorado con un anillo de flores de loto en relieve, y en el remate una aguja o “finial” dorada combina tradiciones islámicas e hindúes. Esta aguja termina en una luna creciente, motivo típico islámico, con sus extremos apuntando al cielo. Por su emplazamiento sobre la aguja, el tope de esta y los extremos de la luna combinados forman una figura de tridente, reminiscencia del símbolo tradicional hindú para la deidad Shivá.
Y el interior es lo que, quizás se más soso de todo el complejo. Unas paredes sencillas, sin decoración apenas y cuya única función es la de sostener el techo y dar cobijo a las dos tumbas de su interior. Esto fue hecho premeditadamente así, para simbolizar la sobriedad y frialdad que nos provoca la muerte. Como se puede ver, cada elemento es una metáfora en sí misma.
Fotografía © Daniel Klein.
Fotográficamente hablando, el complejo es una maravilla. Miles de composiciones preciosas, colores, atuendos curiosos de visitantes, los destellos … Quien disponga de tiempo, es aconsejable que visite el complejo en dos días distintos: por la mañana cuando amanece y por la tarde cuando atardece. La parte exterior está llena de piedras preciosas incrustadas y a medida que se va poniendo el sol, estas van cambiando de color, haciendo que el edificio adquiera tonalidades cromáticas distintas en función de la hora del día. Adicionalmente, estas gemas incrustadas son el tipo “ojo de gato”, lo cual confiere destellos muy típicos al atardecer y previsualiza lo que es el manto de estrellas que cubre el Taj Mahal cada noche. Inmortalizar todo ello con fotografía es una auténtica belleza.
Con respecto al material fotográfico a portar, todo aquello que se lleve y se quiera usar será poco para disfrutar de una buena sesión fotográfica. Se aconsejan lentes que puedan funcionar bien con aperturas de 10 mm o 17 mm y también poder disparar a 200 mm y captar los detalles de las paredes exteriores de la tumba. El uso de trípode es estrictamente necesario por las noches a fin de obtener imágenes equilibradas y nítidas.
He de decir que de todos los monumentos que he tenido el placer de visitar en toda mi vida, el Taj Mahal es, con diferencia, el que más me ha impresionado y el que más impactado me dejó meses después de su visita. Y es que está claramente determinado: quien ha vivido de cerca la belleza del Taj Mahal, descubrirá que la belleza es capaz de sorprendernos a cada momento.










