Historia de una foto: Kevin Carter

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Hace poco leí una historia que me sobrecogió profundamente. Era la historia del fotógrafo Kevin Carter. Su trabajo más importante fue la fotografía que con la que da comienzo este post. Se trata de una pequeña niña sudanesa famélica tras la cual se encontraba un buitre al acecho. Kevin Carter estaba presente en la escena, buscó el encuadre que su mente había imaginado y disparó. La fotografía fue publicada en el New York Times el 26 de marzo de 1993 y recorrió el mundo entero por el enorme dramatismo de la escena. Al poco tiempo, Carter recibió por ello el premio Pulitzer. En las entrevistas realizadas posteriores a la consecución del premio, Carter explicó con gran dramatismo cómo para la consecución de una foto mejor esperó unos veinte minutos a que el buitre abriera sus alas, lo cual no llegó a ocurrir. Pero, como suele suceder, el premio no quedó exento de crítica:al poco tiempo comenzó a ser objeto de duras críticas por aprovechar una situación tan terrible para su propia fama, llegándose a comparar al fotógrafo con el buitre. No prestó ayuda a la niña. Disparó, se dio media vuelta y se fue. Ante tales críticas, Carter hizo un intento de justificación en el discurso de que la pequeña sólo estaba haciendo sus necesidades, y que la tribu a la que pertenecía estaba a tan sólo unos 20 metros de ella. Por otra parte, la explicación del buitre sería que sólo esperaba su ración de comida.

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Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña.

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Tras ello, Carter se hundió profundamente en una gran depresión. Aquél trabajo que le había encumbrado, le devoraba por dentro. Tratando de reencauzar su actividad fotográfica, pasó de reportero a fotógrafo de naturaleza. Tras la presión de las críticas y la muerte de un amigo, Ken Oosterbroek, asesinado, el 18 de abril de 1994 durante un tiroteo que cubría en Tokoza, Johannesburgo, su melancolía fue aumentando y al mismo ritmo que le desesperaba todo aquello que le rodeaba. Dicen aquellos que le conocían que su caracter siempre había sido complicado: muchos años antes había intentado suicidarse, fumaba White Pipe, una mezcla de marihuana, mandrax y barbitúricos, tenía graves problemas familiares y una personalidad desordenada, perdía sus carretes de fotos en aviones y aeropuertos, arrastraba depresiones, llevaba una vida caótica y tenía acumuladas experiencias trágicas como para colapsar las consultas de varios psicoanalistas. Así, la espiral de desesperación fue en aumento impidiéndole trabajar más, primero y recluyéndole en su casa, de la que no salía nunca y a la que no admitía visitas. Asfixiado por su propia personalidad, el 27 de julio de 1994 se fue a las afueras de Johannesburgo,  cerca del río donde jugaba cuando era niño, después de aparcar su furgoneta y enchufar una manguera al tubo de escape. Moría así víctima de la fotografía que le había encumbrado al Olimpo de los reporteros.

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Sin embargo, la polémica no parecía ser del todo estéril. Cierto es que el reportero no había ayudado a aquella niña, pero también todos los detalles adicionales dados parecían indicar que no existía tanta gravedad en la escena real que retrató. Sin embargo, el reportero gráfico sudafricano João Silva, quien acompañó a Carter a Sudán, dio una versión diferente de los hechos en una entrevista con el escritor y periodista Akio Fujiwara que el japonés publicó en su libro El Niño que se Convirtió en Postal (Ehagaki ni sareta shōnen). Según Silva, él y Carter viajaron a Sudán con las Naciones Unidas y aterrizaron en la zona sur de Sudán el 11 de marzo de 1993. El personal de Naciones Unidas les dijo que despegarían de nuevo en unos 30 minutos (el tiempo necesario para distribuir la comida), así que se dispersaron para hacer algunas fotos. El personal de Naciones Unidas comenzó a hacer su labor, distribuyendo el maíz y las mujeres del poblado, como era habitual, salieron de sus chozas de madera hacia el avión. Estos solían ser momentos de gran tensión, puesto que las mujeres corrían a pedir la comida dejando atrás todo aquello que estaban haciendo. Y una de aquellas cosas solía ser el cuidado de sus hijos. Silva, mientras tanto, fue a buscar guerrilleros, mientras que Carter no se alejó más que unos pocos metros del avión. Según Silva, Carter estaba bastante sorprendido, puesto que era la primera vez que veía una situación real de hambruna, por lo que hizo muchas fotos de niños hambrientos. Silva comenzó también a tomar fotografías de niños solos en el suelo, como llorando, que no se publicaron. Los padres de los niños estaban ocupados peleando y tratando de recoger la máxima cantidad de comida del avión, por lo que la escena era perfecta: estaban totalmente desentendidos de los niños. Esta era la situación de la niña de la foto hecha por Carter. Un buitre se posó detrás. Para meterlos a ambos en cuadro, Carter se acercó muy despacio para no asustar al buitre, e hizo la foto desde unos 10 metros. Hizo algunas tomas más y el buitre se fue. Dos fotógrafos españoles que estuvieron en la misma zona por aquellas fechas, José María Arenzana y Luis Davilla, sin conocer la fotografía de Kevin Carter, tomaron una imagen en una situación muy similar. Según narraron en varias ocasiones, 12 era un centro de alimentación, y los buitres acudían por los desperdicios de un estercolero.

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Lo curioso de la foto es que tiene todas las luces de ser una imagen ‘montada’. Es muy probable que Carter usase un 70-200, usando un f muy alto y aplastando al máximo la imagen para que las figuras quedasen igualmente nítidas y cercanas. Probablemente, el buitre estaba a más de 20 metros de la niña, pero el efecto de la lente provoca esa sensación de proximidad.

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Lo que nunca entenderé es porque Carter se culpó a sí mismo de una imagen que fue creada artificialmente por él y que, adicionalmente, generó a base de esperar a que los elementos se dispusiesen como él quería y retocando la lente para generar el efecto que él quería.

En cualquier caso, la imagen le atormentó de tal manera que finalmente le sumió en la desesperación y le condujo al suicido.

La más bella foto de un trágico momento

Tan sólo la más absoluta desesperación y desasosiego pueden llevar a una persona a decidir quitarse la vida. Encontrar el medio, es lo de menos. El fin es dejar de existir. No obstante, incluso en esos terribles momentos, la belleza puede surgir espontáneamente dotando de cierta belleza al momento. Ya desde la época de los románticos, el suicidio solía ser una salida honrosa a las situaciones más humillantes, el desamor de una dama amada o simplemente, la bancarrota.

El 1 de mayo de 1947, Evelyn McHale debió de pensar alguna de estas razones para arrojar su joven cuerpo de tan sólo 23 años desde el mirador de la planta 86 del Empire State Building. 381 metros de caida lo hacían el edificio más alto del mundo en esa época. ¿El motivo?: el desamor. Su novio acababa de rechazarla. Quiso el destino que en ese preciso instante Robert C. Willes, por aquél entonces, estudiante de fotografía, escuchase el tremendo impacto que el cuerpo de Evelyn provocó al caer y, raudo y veloz, inmortalizase el momento, generando una de esas fotografías históricas que todos hemos visto. Allí encontró a la bella joven sobre el techo de una limusina de un diplomático de las Naciones Unidas, que estaba aparcada en la acera a doscientos metros al oeste de la Quinta Avenida. El chofer estaba en una farmacia cercana por lo que pudo escapar al impresionante golpe.

Fotografía © Robert C. Willes.

Pese a lo trágico del momento, hay que decir que la imagen obtenida es una auténtica obra de arte. La joven tras su tremenda caída, yacía serena y tranquila en el coche, como habiendo encontrado la paz y agarrando con fuerza lo que parecía ser un collar de perlas que su ya ex-novio le regaló en un momento de máximo amor. El destino quiso que su tremenda belleza quedase intactada y que su figura adoptase una posición de dormitar. La elegancia de su cuerpo en medio de la destrucción creaba una imagen casi onírica. Descansaba por fin.

La imagen obtenida por Willes fue una auténtica bomba y un reportero que se acercó a cubrir la noticia logró que se la vendiese a la revista Life, siendo publicada a toda página en su siguiente edición, 11 días después. A partir de ahí, su éxito se disparó como la espuma, dando la vuelta al mundo. Tal fue el impacto, que en 1963, Andy Warhol hizo un collage con esa foto titulándolo Suicide (Fallen Body).

La fotografía, había pasado a la historia.

Años después, se descubrió el informe policial que se redactó a raiz del suceso. Entre las pertenencias de la joven Evelyn se encontró un libro de bolsillo con varios dólares, un kit de maquillaje lleno de fotos familiares y una nota manuscrita que decía:

“Él esta mucho mejor sin mi… Yo no seria una buena esposa para nadie”.

Historia de una foto: Steve McCurry

Steve McCurry ha sido, desde hace muchísimos años, uno de los fotógrafos más prestigiosos de la agencia Magnum. Durante su carrera, fue una viajero incansable, especialmente por países de Oriente Medio y África, donde cubrió, como reportero de guerra muchos de los conflictos que sucedieron allí. Estas navidades, tuve oportunidad de ver una exposición de este fotógrafo en Berlín y, si tenéis ocasión, os recomiendo que invirtáis un poco de tiempo en descubrir su obra.

Sin embargo, es posible que una de las historias que más frecuentemente vengan a la cabeza cuando se habla de este fotógrafo es la historia de la niña pastún Sharbat Gula. La historia en sí es fascinante y me gustaría compartirla con vosotros, puesto que refleja claramente la verdadera pasión de McCurry por la fotografía. En 1984 fue enviado a Afganistan por Magnum para cubrir el conflicto humano tras la invasión del país por parte de la URSS. La invasión provocó mareas de refugiados que huyeron hacia los países cercanos y, sobre todo, a Pakistan, donde se establecieron varios campos de refugiados. Fue allí donde McCurry fotografió a una enigmática niña de 12 años llamada Sharbat Gula. Su mirada profunda, su gesto de angustia en la cara y el contraste de su piel sucia con las ropas crearon un contraste magnífico y, por ello, la fotografía (y todo el reportaje) fue comprada por National Geografic para su número de junio de 1985.

Portada de National Geographic, Junio 1985.

Fotografía original de Steve McCurry.

Inmediatamente, la fotografía tuvo un impacto mundial y fue galardonada con numerosos reconocimientos. Sin embargo, en aquel entonces nadie sabía el nombre de la chica, por lo que era conocida simplemente como la niña afgana. La foto volvió a la portada de la revista en una edición especial en noviembre de 2001. Tal fue la repercusión y la fama que esta foto le generó a McCurry, que decidió buscar de nuevo a la chica afgana a fin de poder hacerle un reportaje más extenso y continuar un historia que había comenzado 17 años antes. Durante los años 1990, intentó en varias ocasiones dar con la chica pero sin éxito alguno. Fue entonces en 2002 cuando ofreció el reportaje ala revista National Geographic, la cual estuvo encantada de financiar el reencuentro del fotógrafo con la  chica a cambio de la exclusividad en el reportaje.

Tras numerosas investigaciones (especialmente con antiguos residentes en el campo de refugiados donde Sharbat estuvo internada, logró dar con ella en una remota región de Afganistan, siendo ya una mujer casada de 30 años y con 3 hijos. Como era de esperar, aceptó posar para el reportaje y completar la historia. Este hecho, de nuevo fue un auténtico éxito para National geographic, el cual no sólo escribió un extenso artículo sobre la historia en 2003, sino que llegó a rodar un documental llamado Niña desaparecida: misterio resuelto que también alcanzó gran popularidad.

Fotografía de 2002, Steve McCurry.

Tal era él éxito obtenido con esta historia, que finalmente, National Geographic decidió emplear parte de los beneficios obtenidos en la creación de la Fundación para la ayuda de Mujeres Afganas, una organización benéfica de ayuda en la educación de las mujeres afganas que, a partir de 2008, amplió su ámbito de actuación para ayudar también a los niños, renombrándose como Fundación de ayuda a los Niños afganos.

Una historia fascinante de un fotógrafo fascinante.