Algo debe tener un lugar para que, cada vez que te encuentras cerca, te sientas magnéticamente atraído a visitarlo. Y algo muy especial debe albergar para evocarte sensaciones de vello de punta, apertura de boca asombrada y sobrecogimiento silencioso cuando te encuentras frente a él … sintiéndote minúsculo. Si hubiésemos de poner un nombre a esa persona, a ese sitio y a esa sensación, por este orden serían: Daniel, el Reichstag de Berlín y su majestuosidad.
Lo primero y más curioso de todo es desmentir un error muy frecuentemente extendido: no existe un Reichstag, sino que han existido muchos Reichstag. Reichstag (que en alemán significa Parlamento Imperial), es en realidad el nombre que sucesivamente han ido asumiendo todos los parlamentos alemanes desde 1849 y que, por ende, ha heredado el edificio que los contenía. Su origen nos remonta a épocas en las que Europa estaba más interesada en exterminarse a sí misma que en prosperar hacia el avance de las libertades del hombre. Convulsionada tras la revolución francesa, que nos enseñó a todos que otro mundo era posible (y, de paso, infinitas maneras de como no se han de hacer las cosas), y tras la desintegración del Sacro Imperio Germánico (el I Reich) en 1806, se generó una inercia en el pueblo de alemán por mantener los nombres de aquellos símbolos que tan grandes les habían hecho sentir, buscando sostener un espíritu nacional cercano a una gran depresión post-traumática. Algo así como cuando tiernamente te dicen que “el abuelo se ha quedado dormido”. Y desde entonces, estas instituciones han visto desarrollarse en sus butacas las más trágicos y notables acontecimientos que la historia alemana fuese capaz de maquinar.
Tras ser sede del I Reich, el edificio fue utilizado como parlamento por la autodenominada Norddeutscher Bund (en alemán, Federación Alemana del Norte, ya la sazón el II Reich … y ya van dos). Esta federación no fue sino un experimento que varios estados del Norte de Alemania acometieron como respuesta a la arrogancia prusiana, sedienta de gloria y necesitada de dominación. Experimento hemos dicho, porque esta federación sólo existió por espacio de 4 años, dejando únicamente para la posteridad una curiosa anécdota en los libros de Historia y la bandera y escudo del águila que las tropas alemanas mostraron durante la I Guerra Mundial. Posteriormente, sería durante la República de Weimar de 1919, cuando tuvo lugar un cambio por medio del cual el pueblo elegía la composición del Reichstag y éste a su vez a quien sería Canciller de Alemania (Jefe de Gobierno, que no el Presidente, como sucede en España). Sin embargo, a partir de 1930, el Reichstag fue prácticamente eludido gracias al uso que el Presidente Paul von Hindenburg hizo de los extensos poderes que la constitución le otorgaba y por medio de las cuales, podía elegir prácticamente a dedo a aquellos políticos que le caían en gracia.
Fotografía © Daniel Klein.
De todos modos, si hubiese que buscar una fecha significativa en su historia, una única fecha que recordar, sin duda debería ser el 31 de julio de 1932. Ese día, en sus séptimas elecciones parlamentarias, el Partido Nazi alcanzó por primera vez en su historia más votos que el resto de los partidos. A partir de ese momento, ya nada volvería a ser igual para el Reichstag, para Berlín, para Alemania y para el mundo entero. Fue ese el día en el que Adolf Hitler se sintió poderoso por primera vez y percibió que quizás, al fin y al cabo, el pueblo alemán respaldaba sus ideas incendiarias. A partir de ahí, todo se desenvolvió como un rodillo imparable. Había logrado la victoria, pero esta mayoría no era absoluta, por lo que hubo de celebrarse una segunda vuelta. En esta, que tuvo lugar en noviembre de ese mismo año, los nazis volvieron a repetir victoria, pero con menos apoyo en las urnas. Aprendiendo de errores anteriores y olfateando oportunidades al alcance de su mano, decidió valerse de todas sus armas para no perder las siguientes elecciones. Su receta siempre había sido: “a mayor crispación, mejores resultados para el partido nazi” (con su célebre arenga de “consigámoslo con otros medios, otras armas”) y bien que la llevó a cabo. Ordenó a los cuerpos de alborotadores del partido (las temibles Sturm Abteilung, SA), que creasen una atmósfera de represión e intimidación estatal contra los comunistas y los socialdemócratas como nunca antes se había visto. Tal fue el empeño que pusieron estos gorilas en las órdenes de Hitler, que más bien podría decirse que se les fue la mano por exceso de celo. El clima irrespirable que crearon atemorizó a los votantes y, de nuevo, provocó que en las elecciones el Partido Nazi no pudiese alcanzar la mayoría absoluta. Ello enseño dos lecciones valiosísimas a Hitler: que nunca lograría el poder absoluto por medio de unos comicios libres y que tampoco lo conseguiría mientras tuviese una oposición de izquierdas tan poderosa como a la que se enfrentaba. Astuto como era, en vez de imponer arrogantes condiciones, se plegó a formar una coalición con los centristas y los nacionalistas para llegar al poder. Adolf Hitler era nombrado Canciller de Alemania.
A partir de ahí, la poda de libertades se sucedió como un jardín en pleno invierno. Se prohibieron varios partidos políticos, se prohibió a los comunistas su derecho de reunión y abolió la prensa de este movimiento. Las concentraciones de los socialdemócratas fueron prohibidas, y las SA irrumpieron en las pocas que aún se formaban. Una vez amordazada la izquierda, Hitler se volvió contra sus socios de gobierno a los que había mostrado claramente el destino que les esperaba si se oponían a sus deseos. Por si acaso, ordenó las suspensiones de periódicos socialdemócratas. Era un aviso. El ambiente se volvió totalmente caótico. Durante esos días, 51 miembros de otros partidos fueron asesinados, frente 18 nazis. Para consolidar definitivamente estas aguas turbias, Herman Göring, a la sazón Ministro del Interior de Prusia y mano derecha de Hitler en el Partido Nazi, emitió una orden a la Policía por la que, en su territorio, quedaba terminantemente prohibido el atacar o interferir en las acciones de las SA, las SS o el Partido Nazi. Es decir, barra libre para Hitler. Por si esta orden no se cumplía, insertó a miembros de las SA y las SS en los principales puestos de la Policía a la que se le había dado dicha orden.
Como toda buena epopeya trágica griega, lo peor quedaba para el final. Un cierto día leí que todo aquél que quiera una una revolución necesita tres ingredientes: una necesidad, un medio y una cerilla. De los dos primeros puntos ya se venía encargando el Partido Nazi desde hacia varios años y la cerilla fue el incendio del Reichstag, sucedido el 27 de febrero de 1933. Fueron nazis quienes quemaron un parlamento por el que no tenían respeto alguno, y también fueron ellos los que inventaron que aquél que buscase culpables, debería mirar hacia un inocente partido comunista que no salía de su asombro. Con un acontecimiento tan grave en sus manos, Hitler se presentó ante el lecho de muerte del presidente Hindenburg (ya más en el otro barrio que en este), y le pidió consentimiento para abordar medidas urgentes que iban a “salvar Alemania” del terrorismo comunista. Y como aquél que disimula a su padre la firma de un permiso de excursión para realmente conseguir aprobación para unas calificaciones escolares pésimas, Hitler logró en aquella firma eliminar la libertad de prensa, de expresión, de asamblea y la privacidad de las comunicaciones. Logró el poder de tomar el control de los gobiernos regionales y la ampliación de la definición de varios crímenes donde era permitida la pena de muerte. Ello, consolidaba la acción iniciada por él mismo dos días antes por medio de la proposición de la Gesetz zur Behebung der Not von Volk und Reich (en alemán, ‘Ley para solucionar los peligros que acechan al Pueblo y al Estado’). Por medio de esta ley los nazis obtuvieron poderes dictatoriales de manera esencialmente legal. Es decir, en una jugada que rizaba el rizo y sin precedentes en la historia mundial, Hitler había logrado la esperpéntica paradoja de que el Parlamento Alemán votase a favor de su propio suicidio, desposeyéndose a sí mismo de aquellas funciones para las que había sido constituido por el pueblo. A partir de ahi, y con la firma de Hindenburg, Alemania estaba, literalmente, a los pies de Hitler. Había nacido el III Reich. En adelante, el Reichstag sólo ejercería como un cuerpo de aclamación de las acciones de la dictadura. Como palacio de pantomimas permaneció hasta su última sesión plenaria, en 1942, que debe ser aproximadamente la fecha en la que Hitler se cansó de fingir que su pueblo le importaba y acabó con la pantomima de comunicarle sus últimas decisiones.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el edificio del Reichstag acabó seriamente dañado debido a la cabezonería de los generales soviéticos, empeñados en practicar el tiro al blanco primero, y conquistarlo a bayoneta calada después, para colocar una bandera soviética y hacerse allí la foto. Desde entonces hasta 1.999 el edificio quedó en estado de semi-abandono, sin función específica declarada ni intención de hacerlo.
Fotografía © Daniel Klein.
A partir de ese momento, y aprovechando el sentimiento reinante de reconciliación y levantamiento de un nuevo país unido tras 40 años de guerra fría aisladora, se encargó a Norman Foster la reconstrucción de todo el edificio. Y ya se sabe que cuando se pone en manos de un genio sin igual tareas épicas, el resultado suele ser colosal. Toda la obra realizada por Foster es una auténtica clase magistral de arquitectura y proporciona a los visitantes la oportunidad de admirar en silencio, lo que la mente de un genio es capaz de idear. Destaca, sobre todas las cosas, la cúpula ideada por Foster, la cual ilustra en exclusiva este post y la cual, también, atrae a millones de visitantes cada año. Olvídese de esperar menos de 1h en una fila de entusiastas turistas si lo que quiere es visitar ese pedazo de cielo que Foster creó en Berlín.
Sin miedo a equivocarme, puedo asegurar que la visita a la cúpula de Foster es una de las sesiones fotográficas que más placer me ha proporcionado en toda mi vida, quizás sólo equiparable a la que viví en el magnífico monumento del Taj Mahal. Debido a lo cerrado del sitio, se hace imprescindible llegar con un gran angular. Mi preferido fue un 10-20 y un 14-24. A partir de ahí, ascender por sus rampas y disfrutar a cada vista, composición y toma que se pueda crear allí. Jugar con las luces, con los contornos de las espirales y llegar a la parte superior, donde se puede ver el cielo estrellado de Berlín es todo un ejercicio de disfrute sensorial.
Suelo decir que hay (pocos) sitios que se deben visitar antes de morir. Este, por supuesto, está entre los primeros de la lista.

























