Pasar por Salzburg y no visitar las casa de Mozart, es como ir a Mallorca y no ver el mar. Un auténtico crimen
La pequeña ciudad de Salzburg, en plenos Alpes austríacos, concede al visitante la increible experiencia de visitar la casa en la que nació el que probablemente haya sido el mayor genio musical de todos los tiempos: Mozart. Nacido como Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart (lo de Amadeus -Amadè- se lo apropió él años más tarde, tomándolo prestado de uno de sus hermanos) en 1756, fue uno de los 7 hijos del gran músico Leopold Mozart, al cual, probablemente, debamos agradecer más que a nadie el que tanto ensalcemos la obra de su hijo. Mucho se ha hablado del inmenso caudal de talento que el pequeño Wolfgang demostró desde muy temparana edada, atesorando records de precodidad nunca antes vistos (cuando tenía cuatro años tocaba el clavicordio y componía pequeñas obras de considerable dificultad; a los seis, tocaba con destreza el clavecín y el violín). Pero fue la inflexible y dura mano de su padre la que sacó todo ese talento de un niño que era desorganizado en sus pensamientos y palabras, al que le costaba mantener su concentración varios minutos seguidos y que parecía más interesado en revolotear por las distintas callejuelas de Salzburg que de aplicarse en la metódica del compás y el pentagrama. Leopold, aparte de ser un gran músico, supo disciplinar a su hijo (si es que eso es posible en un niño de 3 años), y supo detectar del mismo modo su excelente oído, su innata capacidad para leer música a primera vista, una memoria prodigiosa y una inagotable capacidad para improvisar frases musicales. El caso es que la muerte de 5 de sus otros hijos, hizo que este buen músico, abandonase todo, salvo las tareas propias de su cargo como maestro de capilla en la corte del arzobispo de Salzburgo, y se volcase por completo en la educación musical de su único hijo varón vivo que le quedaba.
La casa natal de Mozart se encuentra en la Getreidegasse, 9, muy cerca de la gran Galerie Altnöder. Se trata de una casa que actualmente cuenta con una gran cantidad de objetos de la época e instrumentos que pertenecieron a Mozart durante su niñez. Es uno de los lugares más visitados de Salzburgo y una especie de santuario para músicos y aficionados a la música de todo el mundo, como es mi caso (no por lo de músico, sino por lo de aficionado). Fue en esa csa en la que el joven Wolfgng comenzó a entrar en contacto con la música y en cuyas paredes la estudió la interiorízó.
Casa de Mozart – cocina-. Fotografía @ Daniel Klein.
Debido a su empleo, Leopold tenía fácil acceso a la más alta sociedad austríaca (palacio real incluído) y ello le llevó a querer compartir con ellos el talento de su hijo, al que consideraba tocado por la divinidad. Cuando el niño iba cumplir 6 años de edad, Leopold se lanzó en una gran travesía por toda Europa que buscaba exhibir las dotes musicales de sus hijos ante las principales cortes de Europa. Leopold creyó que proclamar este milagro al mundo era un deber hacia su país, su príncipe y su Dios. Ello, que hoy nos parece una bendición, en el fondo fue una brutal sucesión de viajes extremadamente largos y cansados (eran a través de pedregosos caminos) que alejó a Wolfgang de cualquier cosa que se pudiese asemejar a una infancia. En 1762 (Mozart tenía 6 años), visitó Munich, Viena, Praga y estuvo fuera de su casa un año entero. Como dato curioso, decir que fue en su estancia en Viena en la que el pequeño Mozart dió su primer concierto completo (en el Palacio de Schönbrunn). Todo fueron elogios.
Ello llevó a su padre a lanzarse a una gira mucho más larga, salvaje y ambiciosa con el fin de recaudar dinero a base de conciertos privados para la nobleza. Durante los 3,5 siguientes años, el pequeño Mozart (insisto, recordemos que tenía sólo 6 años), no haría otra cosa más que viajar, tocar y componer entre concierto y concierto. Pero lo que para cualquier persona sería una auténtica paliza, para él resultó ser algo perfectamente llevadero. Viajó y tocó en Múnich, Mannheim, París, Londres, La Haya, regresó otra vez a París y volvieron a casa pasando por Zúrich, Donaueschingen y nuevamente Múnich, cosechando grandes éxitos. Posteriormente, tras un breve descanso, fue de nuevo a Londres y, tras llevar a cabo varios conciertos en los Países Bajos, regresó a Viena, donde permanecería unos meses antes de irse a París. De allí regresarían a Salzburg donde descansaría unos meses antes de lanzarse a una nueva gira por Italia que le llevaría a Bolonia, Milán y Roma, donde asistiría a conciertos en la capilla sixtina. Todo esto no es sino un breve ejemplo del brutal sacrificio al que su padre le sometió para exprimir el talento de su hijo. No obstante no todo fue negativo: si bien debido a estos viajes, Mozart se pasó más de 1/3 de su vida viajando, lo cierto es que tuvo la oportunidad de entrar en contacto con la flor y nada de los músicos de la época y recibió clases, honores y oportunidades que nunca habría conseguido de no ser a través de tales viajes: como ejemplo, baste decir que en Londres conoció a Johann Christian Bach, en Bolonia a Giovanni Battista Martini, en Roma a Gregorio Allegri; en su viaje a Bolonia fue aceptado en la Academia Filarmónica de Bolonia (hecho excepcional puesto que era la academia más importate del mundo en esos días y se le permitía acceder a ella con 14 años, cuando la edad mínima de aceptación era de 20), y en Roma fue nombrado Caballero de la Orden de la Espuela de Oro. En definitiva, su sacrificio acabó obteniendo los frutos que su padre Leopold deseaba.
El joven Wolfgang, comenzó a verse interesado por profundizar en las posibilidades de los distintos instrumentos que tocaba. En 1775 se centró en estudiar las posibilidades del violín produciendo una serie de cinco conciertos (los únicos que escribiría en su vida) e incrementando constantemente su sofisticación musical. Los últimos tres (KV 216, KV 218 y KV 219) son ahora básicos en el repertorio de este instrumento. El año siguientes, se centró en el piano y su interacción con la orquesta, escribiendo numerosos conciertos y culminándolo en el Concierto para piano y orquesta n.º 9 en mi bemol mayor (llamado Jeunehomme) a principios de 1777, considerado por los críticos el punto de inflexión de su obra.
Primer violín de Mozart. Fotografía @ Daniel Klein.
Pero en aquella época, dos aspectos cambiarían su vida por completo. El primero fue su ya manifiesto esnobismo por las cosas caras, extravagantes y, muchas veces, absurdas, de las que gustaba rodearse. Todo aquello estrafalario, llamaba su atención, sin importar el precio que tuviese. Es de aquellos días de los que data su famosa frase de “Yo quisiera tener todo lo que es bueno, auténtico y bello” (hoy una especie de slogan que ha adoptado para sí la ciudad de Salzburg y que bien se encarga de poner en todo tipo de camisetas, pines y posters). Con eso, queda explicado todo. La segunda fue que una ciudad tan pequeña como Salzburg, poco dinero podría ofrecer a una persona con gustos tan caros y extravagantes. Por todo ello, buscando nutrirse de mayores retos y riquezas, se lanzó a nuevos viajes tratando de conseguir empleos que satisficiesen sus demandas. Viajó de nuevo por Múnich, Paris, Viena, Augsburgo, Mannheim, y otras ciudades. Era el momento de recolectar lo cosechado en sus años de siembra infantil. En ese viaje, se volvió a encontrar con muchos de los antiguos nobles y reyes que años atrás habían idolatrado su maestría para tocar, pero ni uno sólo de ellos aceptó pagarle el alto sueldo que exigía por prestar sus servicios como músico permanente de su corte. Derrotado y tremendamente ofendido, en 1779 regresó a Salzburg, apesadumbrado además por la muerte de su madre durante su ausencia.
Desde entonces, comenzó a trabajar como lo que hoy llamaríamos ‘músico freelance’, componiendo para todo aquél que le encargase alguna obra y que pagase por adelantado. Su situación financiera era tremendamente angustiosa y su orgullo le llevó a rechazar varios trabajos que aseguraban dinero pero no abrillantaban curriculum. Famoso es el incidente en el que se sintió ofendido cuando el arzobispo Colloredo lo trató como a un mero sirviente y particularmente cuando el arzobispo le prohibió tocar ante el Emperador en casa de la condesa Maria Wilhelmine Thun, actuación por la que hubiera recibido unos honorarios iguales a la mitad del salario anual que cobraba en Salzburgo. un nuevo enfrentamiento llegó en mayo, cuando Mozart se negó a llevar un paquete enviado por Colloredo a Salzburgo. Ante su negativa de convertirse en mensajero, Mozart es insultado por su patrón y el compositor, de forma audaz, lo interrumpe en medio de su ira: ‘¿Su Gracia no está conforme conmigo?’. La respuesta de Colloredo fueron más improperios y se cerró con un «¡vete ya!». Mozart intentó dimitir de su puesto presentando su renuncia al auxiliar del arzobispo, el conde Arco, pero el arzobispo la rechazó. Le concedieron un permiso el mes siguiente, pero de forma insultante. Días más tarde, cuando Mozart intentaba entregar personalmente a Colloredo un último «memorial», el conde Arco le cerró el paso en la antecámara del arzobispo, produciéndose otra escena violenta, y el compositor fue expulsado literalmente ‘con una patada en el culo’. Su temperamento y carácter le estaba cerrando más puertas de las que su virtuosismo le había abierto en su infancia.
Tras ello, se desplazó a Viena buscando nuevas oportunidades y dinero. Allí, estrenaría obras de gran éxito, como su ópera El rapto en el serrallo, la cual cosechó gran éxito. Tras escucharla, el emperador José II comentó al final del estreno de la ópera: ‘Música maravillosa para nuestros oídos, verdaderamente creo que tiene demasiadas notas’, a lo que el compositor contestó: ‘Exactamente, ¿cuántas son menester?’. De nuevo, se cerraba puertas. Durante los siguientes años, compondría como un loco, se casaría con una soprano de escaso talento musical (pero que lo amaba con locura), llamada Constance y comenzó su época más prolífica como compositor. Sacaba a la luz más de cuatro conciertos al año y obtenía grandes ingresos por ello. Por fín parecía que su tozudez y talento le estaba dando resultado. Por ello, el matrimonio Mozart comenzó a llevar un estilo de vida lujoso. Si ya de por sí Wolfgang era dado a gastar todo aquello que tenía (y lo que no tenía), cuando se vio con dinero en las manos, comenzó una incesante carrera de gasto que escandalizó a su propia mujer, cómplice hasta el momento de su insensatez. Pero de nuevo dos hechos concretos hundieron su vida en esos días: la guerra entre Austria y Turquía y el que el nivel de prosperidad y estatus económico de la aristocracia, que los financiaba, se redujese. se acabaron para siempre los días de opulencia y despilfarro. Se acabó el dinero y más aún para subvencionar músicos. Pero eso a Mozart no le imortó y no varió un ápice su estilo de vida. Pensando que las cosas pronto volverían a ser como antes, comenzó a pedir prestado dinero a todos aquellos a los que conocía, en general a sus amigos y hermanos de la misma logia masónica a la que se había afiliado, y en particular a Johann Michael Puchberg.
Asfixiado por el dinero que debía y no tenía, en 1790 Mozart realizó una nueva serie de largos viajes con la esperanza de incrementar sus ingresos: a Leipzig, Dresde y Berlín en la primavera de 1789 y a Francfort, Mannheim y otras ciudades alemanas. Estos viajes sólo produjeron éxitos aislados y no mitigaron los sufrimientos económicos de la familia. Estaba desolado. Su mujer no hacía sino reprocharle su constante despilfarro, sus hijos enfermaban frecuentente por la mala nutrición a la que se veían sometidos, sus ingresos cada vez eran más escasos y su postura ante todo ello era que no dejaba de asombrarse de que la gente no le pagase y tratase acorde al verdadero talento que sabía que tenía. Vivía una realidad distinta. Por ello, se lanzó a componer masivamente, con la esperanza de que sus representaciones le volviesen a llevar a un estatus económico adecuado. Su último año de vida fue, probablemente, el más prolífico de su vida: compuso el último concierto para piano y orquesta, el Concierto para clarinete en la mayor KV 622, el último de su grandísima serie de quintetos de cuerda, el motete Ave verum corpus y el inacabado Réquiem. Hay que decir que lo excepcional de toda esta obra es que contiene registros extremadamente opuestos pasando del drama a lo alegre con suma facilidad. Como ejemplo, baste decir que su ópera La flauta mágica (compuesta durante esos días) considerada como una de las obras más alegres de Mozart, fue compuesta mientras su mujer le había abandonado (temporalmente) y uno de sus hijos moría en el cuarto del al lado debido a fuertes fiebres.
La salud del compositor empezó a declinar y su concentración disminuía. Mozart se sintió enfermo durante su estancia en Praga el 6 de septiembre de 1791 durante el estreno de su ópera La clemenza di Tito, compuesta en ese año como un encargo para los festejos de la coronación de Leopoldo II como emperador. La obra fue acogida con frialdad por el público. Al regresar a Viena, Mozart se puso a trabajar en el Réquiem y preparó los ensayos de la La flauta mágica. Ésta se estrenó con enorme éxito el 30 de septiembre, con el propio Mozart como director. Pero apenas podía mantenerse en pie ya. Mozart recibió los cuidados de su esposa Constanze y su hermana menor Sophie durante su enfermedad final pero su debilidad y estado de completa obsesión delirante hacían imosible cualquier recuperación. Es un hecho probado que estaba mentalmente ocupado en la finalización de su Réquiem y que apenas atendía a quienes le hablban. Por ello, las teorías de que realmente dictara pasajes durante sus últimos días en cama (como muestra la película Amadeus) son muy poco probables.
El 5 de diciembre de 1791, aproximadamente a las doce de la madrugada, llegó un doctor para revisar la salud de Mozart, y encontró a este en pleno delirio febril. Se ordenó que le pusieran compresas frías de agua y vinagre sobre la frente para bajarle la fiebre pero más que aliviarle, el cambio brusco de temeratura hizo que perdiese el conocimiento y no volvió a recuperarse hasta su muerte. A las doce y cincuenta y cinco minutos de la madrugada, Mozart falleció en Viena a la edad de 35 años, 10 meses y 8 días. Fue enterrado al anochecer, siendo trasladado el féretro en coche de caballos hasta el cementerio de St. Marx en Viena, en el que recibió sepultura en una tumba comunitaria simple. No había dinero para más. Se iba así, el mayor talento creativo musical de todos los tiempos.
Tumba de Mozart en Viena. Fotografía @ Daniel Klein.
Hoy en día, es sencillo seguir los pasos que Mozart dió en vida, ya que muchas de las ciudades que han sido mencionadas en estas líneas se han apresurado en consevar las casas en las que Mozart residió a fin de explotarlas turísticamente. En Salzburg existe tanto la casa en la que vivió los primeros 17 años de su vida (realmente no pasó mucho tiempo en ella habida cuenta de sus viajes) y la casa en la que residió antes de irse a vivir a Viena. Quizás de las dos casas, la más famosa sa la primera, a la que es aconsejable ir a primerísima hora de la mañana. Pensad que si vuestro único motivo de visita en Salzburgo es seguir las huellas de Mozart (como fue mi caso), muy probablemente los otros miles de turistas de la ciudad puedan decir exactamente lo mismo. La casa tiene una recreación de lo que era el salón original de los Mozart y la cocina original. Así mismo, tiene distinos objetos que se dicen de Mozart y que van desde manuscritos originales, mechones de pelo u objetos personales a los que tenía especial aprecio.
De cara a la fotografia, hacer alguna foto en la que apenas aparezcan personas, turistas, cámaras, mochilas y demás es misión imposible. De todos modos, más imposible aún lo hace el hecho de que está terminantemente prohibido hacer fotografías en el interior (lo cual nos saltamos por alto la mayor parte de las personas que visitamos la casa). Por lo que hacer fotos deberá ser algo fugaz, rápido y sin mucho tiempo para poder preparar la foto. Adicionalmente, la escasa luz que existe en todas las dependencia, complica aún mucho más la tarea. En mi caso, estuve trabajando con lentes de 2.8 de luminosidad, ISOs de 1.200 (mínimo) y tratando de lograr largas exposiciones a fin de encontrar algo de luz, pero los empujones de la gente, los escasos encuadres posibles y las frecuentes reprimendas de los guardias de seguridad hicieron casi imposible la labor.
Casa de Mozart – comedor -. Fotografía @ Daniel Klein.
La segunda casa de Mozart en Salzburg deja a un lado la figura humana del compositor y realmente se centra más en los instrumentos musicales que tuvo durante ese periodo. Si os gustan los pianos del sigo XVIII, sin duda alguna, ese es vuestro lugar.
De todos modos, haber estado en las casas del mejor músico de la historia, ver sus objetos y poder sacar alguna que otra foto furtiva, bien merece una visita a la ciudad de Salzburg.
Ahí queda mi recomendación como visita
como quisiera ir, pero too far, and too expencive