Viajando atrás en el tiempo hasta el año 1015 podríamos presenciar el nacimiento de la Iglesia de Matías, también conocida como Iglesia de Nuestra Señora de Wicha o Mátyás-templom (en húngaro). Este precioso templo, ha sido testigo de los hitos más relevantes para lo húngaros de los últimos 700 años: ha presenciado las coronaciones de varios reyes húngaros; ha sido escenario de las dos bodas del rey Mátyás; fue testigo de invasiones turcas, de reconquistas y, durante la II Guerra Mundial, lugar de ejecuciones sumarias. Pero no todo fueron celebraciones. A cualquier húngaro al que se pregunte, te responderá sin dudarlo, que su periodo más trágico sucedió durante la ocupación turca, cuando la mayor parte de los tesoros hungaros fueron saqueados y enviados a Pressburg (la actual Bratislava) y, sobre todo, cuando la iglesia fue desposeída de su función cristiana y se reconvirtió en mezquita (1541). A partir de ahí, los magníficos frescos de sus paredes fueron pintados de color blanco y el resto de objetos de valor, trasladados a Istanbul.
En cualquier caso, la iglesia continuó siendo un icono para los húngaros, especialmente por el hecho de atribuir hechos sobrenaturales a sus dependencias. De ese periodo de opresión y des-cristianización data el posteriormente denominado como “milagro de María” el cual cita que durante un asedio sufrido por la ciudad, uno de los muros principales se colapsó como consecuencia del impacto directo de un cañonazo. Ello dejó al descubierto una estatua de la Virgen María lo cual, al ser presenciado por toda la guarnición que defendía la zona, insufló tal moral a los húngaros que finalmente decidieron redoblar sus luchas y vencer a los invasores que desde hace meses les tenían sitiados.
Fotografía © Daniel Klein.
No sería hasta el boom arquitectónico que sufrió Budapest en el siglo XIX cuando la iglesia cobró su esplendor actual. En esa época, el arquitecto Frigyes Schulek la reconstruyó tal y como fue en el siglo XIII, añadiendo muchos otros lujos inexistentes (como incrustaciones de diamantes en los techos).
Para aquellos que visitan hoy la iglesia, quizás la máxima atracción a visitar (excluyendo el propio edificio), es la Corona Húngara. Esta corona es uno de los tesoros mejor guardados de toda Hungría y esconde una preciosa historia. Para entenderla, hemos de remontarnos a los tiempos del rey rey Esteban, canonizado tras su muerte, y organizador de la institución del reino en Hungría. En símbolo por su labor desarrollada en la formación del estado y la iglesia, el Papa Silvestre XI le envió en el año 1.000 la corona real, con la cual Esteban se hizo coronar rey en el primer día del nuevo milenio (cuando toda Europa temblaba por la llegada del Fin del Mundo y el Anticristo). De todas las hipótesis posteriores expuestas por historiadores, actualmente la teoría más fundamentada parece ser aquella que sostiene que el emperador germano Enrique III, la tomó como botín y debido a que la soberanía húngara quedó provisoriamente suspendida, devolvió la corona a Roma, desde donde ya no se pueden seguir las huellas de la reliquia. Se dice que esta corona probablemente está compuesta por la unión de un relicario del cráneo de San Esteban y la parte inferior por la corona griega de 1074. Es decir, la reliquia más bella de la historia y el símbolo más glorioso de Hungría tiene más de ochocientos años.
A lo largo de los siglos la corona de Hungría pasó por una serie de aventuras increíbles. Es posible que no exista otra obra de arte en el mundo, que debido a las vicisitudes históricas, haya sido escondida en tantos países, palacios, castillos, fortalezas y ciudadelas. Para poseer este tesoro se libraron muchas guerras de sucesión, luchas por el poder y conflictos armados. A veces la corona se perdió en el curso de repatriación desde el extranjero, o simplemente fue apropiada por personalidades históricas, otros la secuestraron para protegerla, fue empeñada y enterrada. Muchas veces la sacaron del país y cada vez se festejó su retorno, su devolución.
Durante la historia tan agitada de este tesoro se formó una institución especial para protegerlo. Los guardianes de la corona fueron escogidos de la alta aristocracia húngara, así como se constituyó un destacamento militar especial con el fin de velar por la seguridad de la corona. A fines de la Segunda Guerra Mundial, políticos del gobierno de entonces de extrema derecha escaparon a occidente con la corona, donde la reliquia llegó a parar a manos de las fuerzas militares norteamericanas. La corona y varias joyas de la corona fueron custodiadas y en parte restauradas en Estados Unidos hasta 1978, cuando a base de la decisión del entonces Presidente Cárter, el Secretario de Estado Norteamericano Vance devolvió solemnemente las reliquias de la corona al pueblo húngaro.
Fotografía © Daniel Klein.
Como pueden apreciar en la fotografía adjunta, la corona tiene una cruz superior y esta se encuentra torcida desde el siglo XVII. Sobre este hecho, existen muchas leyendas a cada cual más curiosa. Se ha comentado que la cruz quedó torcida, al dañarse en el momento de cerrar el cofre de hierro en la que se custodiada y encontrarse mal colocada en su interior. Otras teorías indican que se torció en una huida apresurada de Hungría, cuando, tratando de salvarla de sus captores, el portador decidió sentarse encima de ella para ocultarla durante un registro. Sea como fuere, desde entonces se ha mantenido inclinada hacia la izquierda y así ha figurado en todas las representaciones de la Corona de San Esteban que se han realizado.
Como se podrá observar, una magnífica parada repleta de historias en nuestra visita por Budapest.